El crimen de la tinaja

Un bombero realizaba habitualmente sus acostumbrados ejercicios físicos de entrenamiento en una vieja alquería, una finca abandonado donde Adolfo Carrascosa solía practicar ensayos de escalada por una cuerda de siete metros, algo que no podía hacer en su vivienda.

Conocida como ‘la casa de la viuda’, estaba en un paraje perteneciente a la finca La Hinojosa, en el distrito madrileño de Hortaleza. Pese al mal estado en que se encontraba, servía de refugio a los pastores a la luz del sol y a las parejas a la luz de la luna.

Un 13 de agosto de 1969 fijó su mirada en una gran tinaja, cuya boca se hallaba casi a ras de suelo, porque creyó ver un cuerpo humano. Al aproximarse descubrió a una joven muerta. Estaba cabeza abajo, con los pies asomados por el borde.

Rubia de pelo teñido, presentaba hematomas y múltiples arañazos. Su rostro amoratado y deforme mostraba que había sido golpeada salvajemente. La víctima estaba con los pantalones bajados hasta los tobillos y el suéter alrededor del cuello, que ocultaba marcas de sangre coagulaba bajo el mentón.

El momento del crimen se estableció en unas 48 horas antes. Tras las primeras investigaciones, las autoridades descubrieron que el cadáver había sido trasladado desde otro lugar, probablemente con un Renault 4 (algo que se dedujo de las marcas de las ruedas en la zona). Sin embargo, no sirvió de nada tratar de encontrar el coche por media capital, pues el modelo era por entonces sumamente común y los había por decenas en la zona.

Las huellas dactilares de la víctima se llevaron al Gabinete de Identificación. Correspondían a una ciudadana norteamericana llamada Kerry Payne, nacida en 1944 y de estado civil casada. Pero había datos que no encajaban. Se descubrió que contaba con dos fichas policiales.

Tras arduas comprobaciones se supo que era de nacionalidad española: Natividad Romero Rodríguez, natural de Siles (Jaén), de 28 años de edad, viuda de un sargento de origen afroamericano, apellidado Payne, perteneciente a las fuerzas de EEUU, fallecido en la guerra de Vietnam.

La víctima junto con su marido, sargento del Ejército USA.

Se hacía pasar por súbdita yanqui. Utilizaba documentación falsa y acento gringo para incrementar el interés de los hombres. Acostumbraba a cambiar frecuentemente el color de su cabellera. Unas veces iba de rubia desgarrada; otras, de pelirroja llamativa; en ocasiones, de morenaza. También su nombre: Kerry, Tania, Luci… Dependía del cliente de turno y de lo abultado de la cartera.

Solía comentar a sus compañeras “que vestía mucho más decir ‘soy norteamericana, que soy de Jaén’. Además, si se presentaba la Policía para que se identificara, al ver que era extranjera la trataban mejor que a las demás y la dejaban marchar”.

Excéntrica y camorrista, abusaba del whisky y sus inclinaciones sexuales iban hacia las mujeres. “A mí lo único que me interesa de los hombres es su dinero”, manifestaba sin ningún reparo. Una noche que alguien hizo un comentario crítico sobre su difunto marido le rompió una botella en la cabeza.

Tenía antecedentes penales por haber intentado drogar a una menor. Estuvo ingresada ocho meses en la cárcel de Ventas. Durante su internamiento mantuvo una conducta provocativa y pervertida. Los funcionarios de prisiones la castigaron en varias ocasiones.

En su pueblo creían que estaba trabajando en algún hogar o fábrica. Desconocían su abrupta inmersión en el mundo golfo de la noche y su relación con súbditos extranjeros. “Nati vino a Madrid a vivir su vida. Tenía que terminar así. Quien mal anda, mal acaba…”, reconocía la atribulada madre durante el entierro en el cementerio de la Almudena.

Natividad Romero tenía 28 años cuando la mataron.

El informe forense dejaba claro que el asaltante la tumbó en el suelo y la inmovilizó con un brazo, estrangulándola con la otra mano. Por ello, la Policía manejaba diversas hipótesis: que la hubiera matado un proxeneta furioso, algún militar de la base norteamericana o fuera víctima de un ajuste de cuentas ordenado por alguna organización delictiva. Un hombre de envergadura y con fuerza.

Unos meses antes Natividad fue encontrada inconsciente en el parque madrileño del Retiro. Alguien la había golpeado hasta dejarla sin sentido. No quiso revelar el nombre del agresor.

Conforme avanzaban las investigaciones, se supo que mostraba cierto desequilibrio mental. Padecía cleptomanía y obsesión por las grandezas. La medalla de oro que tenía dentro de la boca condujo hasta Lucía López Hernández, su compañera de piso en la calle Ardemans. Aunque explicó que le había quitado el colgante, fue detenida junto con su novio, David Rodríguez Álvarez, que era el sereno del barrio. Posteriormente quedaron en libertad sin cargos.

Portada de «El Caso» en el momento de la detención de los dos sospechosos.

Diecisiete meses después, otro suceso permitió que un miembro de la BIC (Brigada de Investigación Criminal) acertara a apretar las clavijas al presunto asesino. Sucedió de rebote, como tantas veces ocurre en el mundo delictivo.

‘El Piloto’, un bar de la castiza calle Barbieri, fue escenario de una reyerta en la que murió José Antonio Sánchez Gil, Pepe el Guapo, chuloputas de profesión. Tenía atemorizados a los establecimientos del barrio de Lavapiés. Acostumbraba a consumir abundante alcohol e invitar al público. Cuando intentaban cobrarle, simulaba una pelea con sus compinches para que los echaran a la calle e irse sin pagar.

El exceso de whisky le animó a romper una botella de sifón y agredir con ella al encargado del local, Pedro Herraiz. Después intentó saltar la barra para apoderarse del cuchillo jamonero, pero un camarero, Álvaro Coque, se le anticipó. El agresor tiró de navaja y en la pelea el barman le partió el corazón. Los compañeros del maleante huyeron a la carrera.

En la consiguiente redada policial fue detenido Gregorio Ávila Sotoca, El Goyo, un macarra fanfarrón y agresivo. Madrileño, de 28 años, profesional de la noche, sobre el que recaía la sospecha de que se había pasado en sus palizas a alguna de sus pupilas. Era ajeno por completo a la muerte de su colega, pero tuvo que soportar reiterados interrogatorios por parte de un viejo conocido.

Las preguntas eran muy simples. Nombre, apellidos, dirección, actividad, domicilio de su querida con la que le acaban de detener…

 

–Pero, don Manuel, si se lo estoy repitiendo toda la noche. Además, usted me conoce de sobra, sabe todo de mí… –se excusaba observando el abultado expediente delictivo que le presentaba el inspector jefe Lista.

El funcionario insistía una y otra vez en ello. Y de nuevo lo enviaba al calabozo. Así durante 48 horas. En ningún momento del interrogatorio citó a Natividad.

Al final, el detenido, con los nervios rotos de tanto paseo de la celda al tercer grado y viceversa, estalló.

–¡Bueno! Ustedes lo que quieren saber es lo del crimen de la tinaja, ¿no?

El policía le miró expectante.

–Pues, ¡ya está bien! Yo la maté.

–¡No me digas! Ya sé que eres un chulo duro y cuentas con varias gachís trabajando para ti, pero no tienes agallas para matar así.

El proxeneta saltó indignado.

 –¿Qué no? Pues sí señor, lo hice. Ella se reía de mí. Le eché las manos al cuello, apreté… Primero me pareció que estaba desmayada y la golpeé en la cara, gritándole para que volvieran en sí. Luego vi que estaba muerta…

Natividad Romero

Empezó a describir todo lo ocurrido aquella trágica noche. La conoció horas antes del crimen en el club de noche Yulia, donde trabajaba como prostituta. Tomaron copas en varios locales y, después, al negarse ella a ir a su vivienda, fueron hacia Barajas. Remataron la juerga en una venta de ambiente pendenciero.

Luego buscaron un lugar solitario por los alrededores. En un descampado, junto a ‘la casa de la viuda‘, surgió una repentina discusión. La mujer empezó a reír de modo histérico y le hizo objeto de una serie de burlas, que desataron los nervios del macró. Un chulo de su categoría no estaba dispuesto a tolerar tal afrenta. Pensó que una buena paliza bajaría los humos a su acompañante.

Al comprobar que había fallecido, decidió actuar con rapidez. Primero le sustrajo el dinero y las joyas. Acto seguido la medio desnudó, trasladándola al inmueble abandonado. Buscó un sitio donde ocultarla. Consideró el más idóneo una tinaja. A continuación escapó.

De regreso a la capital se mudó de la casa de una amante a la de otra, donde permaneció oculto varios días, por si iban a apresarle dados sus antecedentes. Cuanto se aseguró de que nadie lo buscaba por ningún lado volvió a su vida habitual.

Repitió el relato de los hechos una y otra vez a los miembros del Grupo de Investigaciones Especiales. Al trasladarlo al lugar del suceso procedió a la reconstrucción del mismo con todo detalle. Explicó, incluso, cómo rompió el faro de su vehículo con el quicio de la puerta al huir apresuradamente.

El Goyo, contaba con numerosas denuncias por malos tratos a sus prostitutas, alguna de las cuales estuvo a punto de morir estrangulada. Un sádico que, según él, utilizaba “las herramientas precisas para administrarles dolor y placer, según las circunstancias”.

Así, una de ellas, Lola Montero Rodríguez, había tenido que ser asistida en la Casa de Socorro de las heridas producidas por un supuesto ataque de un grupo de jóvenes gamberros. Tras un hábil interrogatorio policial acabó confesando que las lesiones se las causó ella misma al escapar de su proxeneta, que intentaba estrangularla. Consiguió saltar por el balcón de un segundo piso, ocultándose después bajo un coche aparcado para esquivar la búsqueda furiosa del Goyo.

Todos apuntaba a que se había resuelto «el crimen de la tinaja», pero todavía quedaba una sorpresa. Se produjo durante la vista judicial. El fiscal solicitaba una pena de 18 años por homicidio y otra de seis por proxenetismo. Había 54 testigos emplazados.

Ante el desconcierto general del público que abarrotaba la sala el acusado afirmó de modo contunde: “Yo no la maté”. Se declaró inocente por completo, asegurando que había confesado el crimen mediante coacción por parte de la Policía.

Alegó que todo lo que describió a la Policía lo había leído en El Caso antes de su detención. Su abogado argumentó la defensa en torno a ello, demostrando que la narración de los hechos por parte del procesado correspondía de modo cronológico a la información publicada por dicho semanario de sucesos.

Los magistrados dictaminaron que las diligencias sumariales, en relación con las pruebas practicadas en el acto del juicio oral, no acreditaban que “tuviera intervención directa ni indirecta en la muerte de la citada, ni en la ocultación del cadáver”. Sentencia: exculpado.

Lo único que quedó probado en el juicio es que se dedicaba a la explotación de rameras. Fue condenado por rufianismo a cinco años de cárcel, dado que tenía antecedentes penales. Recurrió ante el Tribunal Supremo a la espera de que también le absolvieran de este delito. La máxima instancia ratificó dicha pena.

Tras su absolución, hubo quienes apuntaron hacia algún militar yanqui destinado en nuestro país o algún lumpen de tres al cuarto. Las sospechas se inclinaban más hacia la primera posibilidad, dado el ambiente y las compañías que frecuentaba la víctima.

Transcurrido un tiempo, el mejor criminólogo con que contaba la BIC, Antonio Viqueira, famoso porque había resuelto numerosos y difíciles crímenes, decidió reabrir el caso. Recondujo la investigación hacia un fornido soldado afroamericano que estuvo destinado en la base de Torrejón. Había coincidido con la víctima en sus correrías nocturnas.

Pero, a pesar de tener pruebas suficientes para detenerle y que fuera juzgado, fue imposible porque había regresado a Estados Unidos. No se solicitó su extradición. El Gobierno decidió correr un tupido velo para evitar complicaciones a nivel diplomático.

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