El crimen de la “sopa asesina” de la calle Birdhurst Rise – 1929

Los crímenes sucedidos a principios del siglo XX en al calle Birdhurst Rise (Gran Bretaña) son, a día de hoy, unos de los más misteriosos que alberga la Historia mundial. Y es que, el presunto asesino que llevó el terror hasta este pequeño barrio inglés logró acabar con tres personas envenenándolas con arsénico en el plazo de un año y medio sin ser atrapado.

Tan solo después de algunos años se logró tener algún indicio del posible responsable (o responsables) que, finalmente, no llevó a ninguna parte. Así pues, ni las técnicas médicas de la época, ni las investigaciones criminológicas, ni la exhumación de las víctimas (que se hizo para estudiar de nuevo sus restos y hallar alguna prueba olvidada) sirvió para ofrecer una respuesta a las familias que, por una jugarreta del destino y por la maldad de algún desaprensivo, perdieron a sus seres queridos para siempre.

La primera víctima de estos crueles asesinatos sin resolver fue Edmund Duff, un excombatiente de la Primera Guerra Mundial que, a sus 59 años, murió dejando tras de sí una mujer 17 primaveras más joven que él. Para conocer su historia es necesario viajar en el tiempo hasta abril de 1928, año en que la vida parecía sonreír a nuestro protagonista. Sin embargo, su plácida existencia de caballero inglés se truncó durante una tarde en la que disfrutaba de la pesca con uno de sus amigos más conocidos: Harold Edwardes. El cambio de fortuna se sucedió cuando, en la casa de éste, le comenzó a subir la fiebre, algo a lo que, en principio, no le dio importancia. No obstante, de vuelta a su casa en South Craydon la situación empeoró. En los días siguientes el antiguo militar no paró de vomitar, toser y defecar sin control sin apenas tener tiempo para llegar al retrete. En principio los médicos le diagnosticaron una dolencia gástrica pero, finalmente, descubrieron que había sido envenenado con arsénico.

Con todo, ya era demasiado tarde para él, pues la ponzoñosa sustancia ya le había atravesado de arriba abajo. Sin más que poder hacer por él, los médicos le dejaron fallecer el viernes 26 de abril entre las 11 y las 12. Aquella jornada, su alma dejó el mundo terrenal un cuerpo sin fuerzas y postrado en la cama junto a los doctores que le habían tratado. Nunca se supo cómo le habían suministrado el veneno, aunque su mujer siempre dijo que sospechaba que había sido introducida en su cuerpo mediante una botella de licor que su esposo había comprado y se había metido directamente en el hígado mientras viajaba de vuelta a su casa. Algo, por otro lado, imposible de demostrar. Los facultativos, por su parte, terminaron descartando la teoría del envenenamiento y prefirieron apostar por una presunta muerte natural (y sumamente enrevesada) para evitar meterse en más problemas de los que ya atesoraban.

Las siguientes víctimas es necesario buscarlas en 1929, varios meses después de la muerte de Duff. Estas fueron Vera Sidney -una vivaracha mujer de 40 años- y su anciana madre Violet, con quien vivía en el número 29 de Birdhurst Rise. El calendario se había detenido por entonces en el 13 de febrero cuando la pareja, junto con otra familiar, se reunieron para disfrutar de una buena comida en la casa. Aquel día se metieron entre pecho y espalda pollo, verduras y un buen tazón de sopa. Todo preparado por la asistenta, Kate Noakes. No obstante, parece que el último plato no gustó demasiado a las presentes, quienes prefirieron no dejarse sus esfuerzos en tragarse aquel brebaje. Según parece, Vera fue una de las que más ingirió. Por su parte, la cocinera también se sirvió un cazo de la misma mezcla y ofreció otro al hambriento gato de la casa.

Después de aquello, todos los que comieron esta «sopa asesina» enfermaron. La más afectada fue Vera, quien falleció el 15 de febrero a medio día. Curiosamente, fue la única que dejó este mundo por culpa de la infame receta. La tragedia estaba servida y afectó especialmente a Violet, a quien los médicos terminaron recetando en marzo una medicina llamada Metatone para lograr que calmara sus nervios. Según parece el remedio fue peor que la enfermedad pues, tras varias jornadas, la anciana se unió a su pequeña y falleció en extrañas circunstancias. Inmediatamente se sospechó del doctor pero, al analizar el frasco del remedio, no se halló ninguna sustancia extraña en él. Una vez más, la muerte no había podido atribuirse a nadie. Fuera por la causa que fuese, el asesino del veneno dejó de matar en ese mismo momento. Nunca se supo su identidad, pero nunca podremos olvidar que, por culpa de su cruel sopa, acabaron bajo tierra dos mujeres.

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