Los hombres leopardo de África – Secta caníbal

Fue en el continente africano donde se dieron los primeros y más violentos choques entre los hombres y las bestias, donde los animales asumieron una importancia especial en relación con las prácticas mágicas.
Particularmente sangriento fue el culto de los hombres leopardo, que aterrorizó durante siglos a los nativos de África Occidental (especialmente Nigeria y Sierra Leona).

Se les llama anioto en lengua kibudu, por lo que algunos autores han generalizado este término para denominar a los seres humanos que se creen transformados íntimamente en animal. Los hombres leopardo eran asesinos y caníbales rituales. Un brujo o gran jefe era el líder de los adeptos; mágicamente los transformaba en leopardos y pretendía de ellos sacrificios de sangre. El brujo era el depositario del fetiche de la secta, un compuesto llamado borfima, que otorgaba poderosas cualidades a su poseedor; le ayudaba a adquirir riqueza y poder y era el talismán protector ideal para quienes tenían la mala suerte de ser llevados ante el tribunal de los blancos. Además, un juramento por el borfima era también una promesa sagrada y obligaba al autor a guardar el más absoluto silencio sobre sus actividades:

«Voy ahora a conseguir medicina para esta gente. Después de esto, si revelo algún secreto, o traiciono a mis compañeros, mientras camine por un sendero me morderá una serpiente; mientras navegue por el mar, mi canoa se hundirá y me ahogaré; cuando camine por lugares abiertos, el rayo me alcanzará y me matará».


El borfima es descrito en el Manual de la magia y brujería (1966) de Osvaldo
Pegaso de la siguiente manera:


«Una bola de cera grande, del tamaño de la cabeza de un niño. Debe estar formada con hojas estrechamente unidas, mezcladas con fibras de plantas y de animales disecados. El emplasto de estas misteriosas fibras constituye el centro del fetiche: el revestimiento de cera sirve tan solo para conservarlo, es decir, para preservar la eternidad del poder mágico (…).
En el periodo de los grandes calores es inevitable que la bola se reseque y que, por tanto, su superficie no se mantenga uniforme; es precisamente entonces cuando la magia reclama sus víctimas. El fetiche tiene necesidad de humedad. Esto explica el recrudecimiento de las matanzas, por parte de los hombres leopardo, durante la estación seca».


El fetiche debía ser preservado con la sangre de un gallo, una clara de huevo y
granos de arroz, pero también con el más poderoso de los ingredientes: sangre humana. Llegado el momento, el brujo elegía, mediante una tenebrosa ceremonia, al adepto que debía aportar al fetiche su propia sangre; de este modo una parte del poder mágico del fetiche penetraba en él, otorgándole el poder de conseguir grandes cosas. Sin embargo, dado que el adepto no podía ofrecer toda la sangre necesaria, podía ofrecer la de uno de sus familiares como si fuera la suya propia:

«No solamente soy yo portador de mi sangre, sino que también lo son mis padres, mis hermanas, sus hijos, y si yo doy la sangre de un consanguíneo, en realidad es como si ofreciera mi propia sangre, es como si me sacrificara yo mismo: la necesidad del ídolo está satisfecha y yo dispondré de un poder sobrehumano».

El líder de la iniciación y su asistente entre los Ndaka. – Bildarchiv Biblioteca Nacional de Austria


El elegido era un novicio, alguien que deseara ingresar en la tenebrosa sociedad. Si no se disponía de ninguno, la elección se hacía entre los propios miembros. El hombre-leopardo escogido para el sacrificio recibía el nombre de yongolado (hombre con dientes y garras). El ritual de iniciación del novicio incluía servirle una comida, al término de la cual se le decía que había comido carne humana y que ya estaba preparado para llevar a cabo el sacrificio.

Después de pasar por las manos de varios de los miembros de la sociedad para que no se conociera su identidad, el brujo le entregaba una piel de leopardo y dos brazaletes de hierro del que salían cuatro afilados cuchillos: cuando las manos del yongolado estaban extendidas, las cuchillas quedaban bajo la palma, pero cuando las cerraba, asomaban entre sus dedos como las
garras del leopardo.



El resto de los miembros de la secta ayudaban al yongolado en la elección de la víctima y colaboraban en la matanza. Dos hombres-leopardo le  acompañaban en su búsqueda. El ritual es descrito con todo lujo de detalles por Garry Hogg en Cannibalism and Human Sacrifice (1958).


Normalmente la víctima se elegía entre los parientes del yongolado (miembros de su familia o de la de su esposa) y debía ser una muchacha nacida libre (por oposición a una esclava o cautiva) y mayor de 14 años. Era preferible que fuera la primogénita de la familia.

Los solicitantes acorralaban en un lugar solitario al padre o la madre de la candidata escogida y les exhortaban a cederla por el bien de la tribu. El ritual exigía que los familiares rechazaran en principio la petición, pero pronto se llegaba a un acuerdo, pues era sabido que si se negaban, cualquiera de sus familiares (o incluso ellos mismos) podría figurar en la lista de los hombres-leopardo.

Ataque de hombres leopardo

Una vez hecha la elección, los leopardos humanos se retiraban a la selva y durante toda la noche merodeaban por ella imitando el rugido de la fiera. Después, mediante una danza llamada ambodina, se inducían un estado sugestivo de posesión por el espíritu del animal, y cuando ya se creían dotados de la ferocidad y la fuerza del leopardo, se vestían con una túnica y una capucha pintadas con manchas negras y anillos para simular su piel. También se colocaban un cinturón del que pendía la cola real de un leopardo y en el que portaban varios accesorios: un pequeño recipiente de barro, dentro del cual soplaban para imitar el rugido de la bestia, un trozo de madera
esculpido con la forma de la pata del felino y los afilados cuchillos. El yongolado se cubría con la piel de leopardo y portaba las garras artificiales custodiadas por el brujo.

Otro disfraz de hombre leopardo, con capucha, túnica y cinturón


Por la noche, cuando la luna se hallaba alta sobre el cielo, la víctima era enviada a dar un siniestro paseo por la selva. Los hombres-leopardo la acechaban a ambos lados del sendero. Llegado el momento, el yongolado salía rápidamente de la oscuridad y la golpeaba en la cabeza para dejarla inconsciente y que nadie pudiera oír sus gritos. Después le cortaba el cuello con los cuchillos y el resto del grupo la troceaba y devoraba su carne, pues servía para incrementar la fuerza personal (
tsav) del grupo. La carne era comida cruda en el escenario del crimen o transportada envuelta en hojas
de banano y cocinada en su santuario, oculto en las profundidades de la jungla. K. J. Beatty afirma: «algunos la prefieren cruda, otros asada y otros cocida con arroz».


En ocasiones se daba una porción de carne a los padres de la muchacha. También devoraban los ojos de sus víctimas, convencidos de que les otorgaban el poder de ver en la oscuridad. El hígado y la vesícula biliar eran cuidadosamente examinados en busca de signos de que el cuerpo serviría para elaborar un buen borfima. Si la víctima había estado implicada en cualquier tipo de brujería, quedaba reflejado en la vesícula, y no era útil para sus propósitos. Si todo estaba bien, la sangre y la grasa de la desdichada se guardaban para tapar las irregularidades de la cera y así preservar el poder mágico del borfima.

Víctima de hombre leopardo

Por último, usaban el trozo de madera para dejar alrededor del cuerpo destrozado huellas que hicieran pensar en el ataque de la fiera. Para ocultar sus propias huellas usaban suelas de caucho. Todos los participantes en el banquete se convertían en deudores del que, en aquella ocasión, había proporcionado a la víctima. Para pagar la deuda, cada uno de los hombres-leopardo, en un momento señalado, debía aportar a su vez un familiar muy próximo y querido para el siguiente sacrificio.

El cuchillo utilizado por los hombres-leopardo para asesinar y descuartizar a sus víctimas semejaba
las garras de este animal.

En una terrible variante del ritual, la muchacha no era asesinada inmediatamente. Era obligada a permanecer bajo un árbol. El jefe que había planeado el sacrificio se sentaba a horcajadas sobre los hombros de la víctima y los hombres-leopardo ponían una mano sobre él o sobre la propia muchacha para formar una cadena de contacto. A continuación, el yongolado, rogando para que resultara una buena medicina de aquel sacrificio, le cortaba el cuello. Después, se le abría el vientre, depositando bajo él un cuenco para recoger la sangre. Un hombre-leopardo le introducía una mano en la cavidad y le arrancaba los intestinos y el hígado; otro le extraía la grasa abdominal.


Cuando la sangre había dejado de manar, los intestinos, el hígado, la grasa y la sangre era llevadas a una cabaña para ser examinados y elaborar el borfima. La propia víctima, que podía estar todavía viva a pesar de la pérdida de sangre y la agonía, era llevada a una plataforma situada cerca de la cabaña del jefe y era dejada allí atada a un poste. A la mañana siguiente, los hombres-leopardo volvían a llevarla a la jungla. Allí era descuartizada. Los pechos eran cuidadosamente amputados y algunas costillas extraídas. Esta era la porción del jefe, y una de sus esposas se encargaba de cocinarla. Las piernas eran cortadas y abiertas para separar la carne de los huesos. Se decapitaba el cadáver y se desollaba completamente la cabeza.

Las piernas, los huesos y el cráneo eran después quemados bajo una palmera. El resto del cuerpo era cortado en pequeñas porciones que, tras indicarlo el jefe, eran devoradas por los hombres leopardo. El jefe también recibía las manos y los pies.

Reconstrucción de un hombre leopardo en el Museo de Tervuren

Con la luz del día, los anioto volvían a llevar una vida aparentemente normal. En el caso de los hombres-leopardo, el canibalismo, a pesar de estar rodeado de elementos mágicos, no tenía un carácter religioso, pues su intención era egoísta. No se perseguía un beneficio para la comunidad, como en el caso de los aztecas. El objetivo del crimen y el canibalismo en este caso era simplemente incrementar los pretendidos poderes ocultos del grupo.

Ya en 1607 un visitante de Sierra Leona escribió sobre feroces tribus de
devoradores de hombres que se vestían con pieles de leopardo. Aunque desde 1807 la Sierra Leona costera era una colonia británica, los ingleses no tuvieron conocimiento del calibre de las actividades de los hombres-leopardo hasta 1891, tal era la ley del silencio que rodeaba sus sangrientos rituales. En 1895 se decretó la ordenanza número 15, llamada
Reglamentación del Leopardo Humano, que tipificaba como delito la posesión de una piel de leopardo que otorgara el aspecto de la fiera a quien la llevara puesta, los cuchillos de tres puntas y el borfima.

A principios del siglo XX el explorador sir Harry Johnston describió varios casos de crímenes rituales y canibalismo y llegó a la conclusión de que el canibalismo estaba ampliamente extendido en el interior de Liberia, entre el río Cavalla y St. Paul’s. En los años 20, la expedición científica internacional a Liberia organizada por la Universidad de Harvard dio detallada cuenta de los sangrientos rituales. Los hombres leopardo actuaban en el área del monte Nimba, en la frontera entre Costa del Marfil y Guinea:

«Las actividades de esta sociedad y de grupos similares han existido desde hace mucho tiempo, no solo en Liberia, sino en zonas de Sierra Leona y Costa del Marfil. (…) Los miembros son generalmente hombres, pero también se sabe de mujeres relacionadas con estas sociedades. (…) Los hombres-leopardo son muy temidos por algunas tribus. (…) Cuando salen en busca de víctimas, se visten con pieles de leopardo. (…) En ocasiones llevan una red que arrojan a la víctima. Van armados con cuchillos que imitan la forma de las garras y los dientes del leopardo, y también llevan lanzas cortas. (…) Como atacan en grupo, la víctima tiene muy pocas posibilidades de huir. Los cadáveres son desmembrados, y la carne, distribuida entre los
miembros de la secta, incluyendo a las mujeres. (…) La carne humana es el fetiche de la sociedad, pues creen que su consumo otorga poderes especiales. (…) Se dice que el objetivo de los crímenes es que la carne sea comida ceremonialmente para dar fuerza a los miembros del grupo y protección a la comunidad».

Las autoridades británicas decidieron tomar cartas en el asunto. Después de la Primera Guerra Mundial (1914-18), creyeron haber acabado con el culto después de capturar y ejecutar a varios de sus miembros. 187 personas fueron acusadas de asesinato y 87 fueron condenadas a muerte. En 1931, Edgar Rice Burroughs enfrentó a su héroe con el terrible culto en la novela Tarzán y los Hombres Leopardo, situada en el bosque Ituri del Congo Belga.

En 1946 los hombres-leopardo volvieron a cazar. Solo en ese año se notificaron 48 casos de asesinato o intentos de asesinato, algunos de ellos llevados a cabo contra blancos. En 1947, Terry Wilson, el gobernador de una provincia del este de Nigeria, fue informado de que los hombres-leopardo estaban asesinando en su jurisdicción, principalmente a mujeres jóvenes a las que amputaban los pechos para devorarlos.

Cuando sus agentes irrumpieron en la casa de un jefe local llamado Nagogo encontraron una máscara y una piel de leopardo y los cuchillos que simulaban garras. Al excavarse las tierras alrededor de la casa se encontraron los restos de 13 seres humanos.

Wilson mandó al jefe a prisión, en espera de juicio, pero durante las semanas
siguientes se sucedieron nuevos crímenes, incluyendo a la esposa y la hija de Nagogo. Wilson confió en que la visión de los cuerpos mutilados de sus familiares haría que el jefe delatara a los demás miembros del grupo, pero el
shock fue demasiado para el hombre leopardo y falleció de un ataque al corazón.

Aunque Wilson recibió 200 hombres más para acabar con el culto, los ataques no cesaron. Una noche, los hombres-leopardo llegaron incluso a asesinar a una joven dentro del recinto policial, consiguiendo escapar sin ser vistos. Su audacia no conocía límites. Se cometieron asesinatos a plena luz del día, y los nativos llegaron a perder la confianza en que las autoridades consiguieran acabar con los hombres leopardo. Algunos de los hombres de Wilson comenzaron a pensar que tal vez se enfrentaban a seres sobrenaturales, y que realmente los asesinos eran capaces de transformarse en leopardos y hacerse invisibles en la oscuridad.

Hombre leopardo en el Museo Americano de Historia Natural


Una noche, a mediados de agosto de 1947, Wilson volvió a nacer después de que una flecha le pasara rozando la cabeza. La situación era desesperada. Estaban luchando contra un enemigo invisible. No tenían forma de anticiparse a sus movimientos, ni de prever quién sería la próxima víctima, y los nativos estaban demasiado aterrorizados para facilitar ninguna información.

El gobernador decidió tenderles una trampa. En el sendero que conducía a uno de los poblados donde se habían hallado varios cuerpos mutilados, Wilson disfrazó a uno de sus mejores hombres como el hijo de una joven nativa. Hizo que los dos caminaran, uno al lado de la otra, por el sendero mientras él y una docena de sus hombres esperaban escondidos entre la maleza que bordeaba el camino.

De repente, el salvaje rugido de un leopardo les heló la sangre en las venas. Un hombre alto, vestido como la fiera y blandiendo una maza, salió de las sombras de la jungla y se abalanzó sobre la pareja. El policía forcejeó con el hombre-leopardo, pero antes de que Wilson y sus hombres pudieran reaccionar, le golpeó la cabeza con la maza y desapareció en la oscuridad.

Wilson había perdido a uno de sus mejores agentes, pero el cuchillo que todavía mantenía en su mano inerte estaba lleno de sangre. La policía podía buscar ahora a un hombre con una herida de cuchillo.

Wilson estaba a punto de ordenar a sus hombres que llevaran el cuerpo del
desdichado al cuartel cuando tuvo un presentimiento. Pensó que el hombre leopardo podría volver a la escena del crimen para reclamar sus trofeos. Mientras sus agentes buscaban en los poblados cercanos al sospechoso, se escondió nuevamente entre la maleza.

Pasadas unas horas, cuando Wilson ya estaba pensando en marcharse al cuartel, una tenebrosa figura a cuatro patas surgió de las sombras de la jungla y comenzó a desgarrar la cara del cadáver. El asesino había vuelto para completar el ritual. Wilson, pistola en mano, salió de su escondite y se dirigió hacia el hombre-leopardo. Cuando este le vio, gruñó como si realmente fuera la fiera. Wilson le disparó.

Gracias al valor de Wilson, los nativos se dieron cuenta de que los hombres leopardo no eran seres sobrenaturales, sino personas de carne y hueso, vulnerables a las balas. Una vez que, de aldea en aldea, se corrió la voz de la hazaña del gobernador, numerosos testigos se presentaron en las dependencias policiales y aportaron pistas que permitieron identificar a varios miembros del culto y localizar su santuario.

Diferentes prendas usadas para cazar monos por los hombres leopardo

Arquero leopardo cazando monos

El santuario de los hombres-leopardo se encontró en las profundidades de la
jungla. Sobre un altar de piedra cubierto de sangre seca se agolpaban numerosos huesos humanos. Una grotesca estatua de un ser mitad-hombre mitad-leopardo lo presidía.

Durante el mes de febrero de 1948, 73 miembros del culto fue ron juzgados y
enviados a prisión. Finalmente, 39 fueron sentenciados a muerte y ahorcados en la prisión de Abak. La ejecución fue presenciada por jefes de tribus locales para que transmitieran a sus aldeas la idea de que los hombres-leopardo no eran seres sobrenaturales.

Disfraz de Aniota (hombre leopardo) en el Museo de Tervuren.


Curiosamente, un mes antes, el 10 de enero, tres mujeres y cuatro hombres fueron ejecutados por pertenecer al culto de los hombres león, acusados de cometer más de 40 asesinatos rituales en el distrito de Singida, en Tanganika. Disfrazados como leones, dejaban heridas en sus víctimas que semejaban las garras del rey de la selva.

Los hombres pantera de Gabón también llevaban a cabo sangrientos rituales.
Como detalló H. Charbonnier en 1934, secuestraban a la víctima elegida después de dibujar con las manos alrededor de su poblado las huellas de la fiera con el fin de desviar las sospechas. El desdichado era colocado a los pies del jefe y cinco personas le cortaban el cuello sobre una marmita llena de hojas trituradas. El jefe bebía la sangre y pasaba la marmita al resto del grupo. Después, la víctima era cortada en trozos:

«… la cabeza, una vez ha sido separada del tronco, es rasgada por las mejillas, le cortan la lengua, que lavan, cuecen y reparten entre los comensales, que la comen sangrante. Después le abren el pecho a machetazos; le sacan el corazón, el hígado, los pulmones y el bazo; el brazo derecho es cortado a la altura del codo y de la muñeca. El antebrazo es desollado, se le quita la carne y el resto se desprecia. El jefe lo corta todo en tantas partes como afiliados, reservándose para sí mismo el mayor trozo de corazón. Lo pone todo en la marmita y la coloca sobre el fuego. Cuando el contenido se encuentra a media cocción, el jefe le da a cada uno su parte, y cuando todo el mundo ha acabado de comer el sacrificio ha terminado».

Después se trituraba la cabeza y se dispersaban los restos del festín caníbal por la jungla. Según P. E. Joset, la marmita de los hombres pantera se llamaba maghena (pantera) y era un poderoso fetiche:

«… encierra las hojas trituradas que quedan pegadas al fondo cuando se han secado. En estas marmitas, los antecesores han hecho correr la sangre y han cocido la carne de sus ofrendas humanas, han bebido la sangre y han comido la carne de sus víctimas. El fetiche o poder que reside en ellas les viene, en cierta manera, del valor de vidas humanas que encierra bajo la forma de hojas trituradas, que se han humedecido con la sangre de todas las víctimas.

Algunas sociedades practicaron el canibalismo al creer que la fuerza y las capacidades de un hombre estaban vinculadas a determinados órganos. El corazón albergaba el valor; el cerebro, la inteligencia, y en los pies residía la velocidad. Así, devoraban partes de los enemigos más valerosos con la creencia de que este macabro alimento les serviría para adquirir el coraje y la fuerza de su adversario.

Los hombres cocodrilo del Congo acechaban a sus víctimas escondidos entre los cañaverales. Algunos indígenas que escaparon con vida de su ataque contaron que iban armados con un cuchillo y disfrazados de dicho animal, con una túnica hecha de su piel que llegaba hasta la cintura para no entorpecer los movimientos del asesino en el caso de que este tuviera que huir, ya fuera corriendo o nadando. Diez de ellos fueron capturados en Ponthierville en octubre de 1958 y confesaron haber devorado a nueve personas. Comían sus manos para apropiarse de su habilidad, y el corazón y el hígado para asimilar su valor».

 

 

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