Naufragios y la Ley del mar

Las medidas brutales y desesperadas que los seres humanos han adoptado para salvar sus vidas no son infrecuentes en la historia marítima. Cuando no existían la radio, los GPS, los móviles ni los equipos de rescate y un barco naufragaba, la única posibilidad de que los ocupantes de los botes salvavidas lograran sobrevivir era que otro barco se cruzara con ellos, y esto no siempre ocurría. Los escasos víveres que hubieran podido salvarse iban agotándose poco a poco. Los náufragos se encomendaban entonces a Dios, a los vientos, a los imprevistos del viaje… Pero pronto la necesidad se convertía en ley. Entonces algunos ocupantes eran arrojados al mar para disminuir el número de bocas hambrientas o se devoraba a quienes iban falleciendo de inanición. En otras ocasiones se recurría a la terrible Costumbre del Mar, según la cual debía decidirse a suertes quién debía ser sacrificado para que los demás pudieran seguir viviendo.

El primer caso notificado de unos náufragos que, acuciados por el hambre, debieron recurrir a la espantosa Costumbre del Mar ocurrió entre 1629 y 1640 (fue publicado en 1641). En aquella ocasión, siete ingleses partieron de la isla holandesa hoy conocida por St. Kitts, en el Caribe, para una travesía que debía durar una única noche. Una tormenta los dejó a la deriva durante 17 días. Sin comida ni agua, se echó a suertes quién debía ser sacrificado y quién sería su ejecutor. El destino quiso que sacara la pajita más corta quien había sugerido la idea. La víctima asumió su papel con total serenidad; su sangre fue bebida y su carne comida por sus compañeros. Cuando finalmente consiguieron llegar a la isla de St. Martin fueron acusados de homicidio, pero el juez los absolvió, ya que consideró que el motivo de su crimen había sido «una inevitable necesidad».

 

La Medusa – 1816

El ejemplo más conocido de náufragos caníbales es el de la balsa de La Medusa, pues fue inmortalizado por el pintor Théodore Géricault en su célebre lienzo expuesto en el Louvre.

Una vez vencido Napoleón, Inglaterra restituyó a Francia algunas de las colonias estratégicas que le había arrebatado, entre ellas la de Saint-Louis, en Senegal. Con el fin de restaurar tan pronto como fuera posible su presencia en la colonia, Francia envió a toda prisa un contingente civil, científico y militar formado por cuatro navíos: el bergantín L’Argus, las corbetas L’Echo y La Loire y la fragata La Medusa. Los barcos zarparon el 17 de junio de 1816 bajo las órdenes del marqués Huges Duroy de Chaumareys, un aristócrata incompetente que llevaba 20 años sin pisar la cubierta de un barco y al que se encargó capitanear La Medusa.

Retrato del marqués Hugues Du Roy de Chaumereys

En el castillo de popa de la Fragata Meduse

Detalle de la cubierta de la Fragata francesa Medusa, se pueden observar la línea de baterías de cañones que fueron objeto con posterioridad del naufragio, de su necesario rescate.

En su afán por llegar antes que nadie, el capitán perdió el rumbo y encalló el barco en el banco de arena de Arguin, frente a la costa oeste de África mientras los otros tres barcos que habían dejado atrás seguían la ruta de rodeo, esperando encontrar a La Medusa en Saint-Louis. La costa se hallaba a unas 50 millas, a poco más de un día de travesía, pero el número de tripulantes del barco era de 395, mientras que la capacidad de los botes salvavidas solo era de 250. Por lo tanto, se decidió aligerar al barco de su carga y esperar la subida de la marea para arrastrarlo a aguas más profundas mediante cabrestantes unidos a los botes.

En un intento de no perder las mercancías y los cañones, el coronel Désiré Schmaltz (futuro gobernador de la colonia), propuso construir con la madera del propio barco una plataforma flotante de almacenamiento. La alternativa era que, si a pesar de todo, no se lograba arrastrar La Medusa fuera del banco, los pasajeros excedentes embarcarían en dicha plataforma, que sería arrastrada por los botes hasta la costa. La balsa se construyó precipitadamente, y a consecuencia de la torpeza con que se clavaron las tablas, presentaba grandes huecos sin cubrir a través de los cuales se veía el agua del mar. Se bautizó como La Machine.

Reconstrucción de La Machine, en el Museo de la Marina de Rochefort

Sin embargo, un temporal causó graves daños a La Medusa y la fragata tuvo que ser abandonada. Los pasajeros de clase más acomodada llegaron a pagar hasta 5000 francos por asegurarse un pasaje en los botes mientras La Machine era cargada con el equipo básico de supervivencia para quienes embarcaran en ella: barriles de agua dulce y de vino, sacos de harina, galletas, cecina, mantas, equipos de vela… Las mujeres, los niños, el personal civil y unos pocos soldados y tripulantes elegidos por sorteo embarcaron en los botes, mientras que 147 soldados armados y marineros lo hicieron en la balsa después de que, para evitar la posibilidad de un motín, se comprobara que ninguno de los marineros llevaba armas. 17 hombres decidieron quedarse en La Medusa. Cuando apenas había 80 hombres a bordo, la balsa empezó a hundirse, por lo que un considerable número de toneles y gran parte de los sacos de galletas fueron arrojados al mar. Solo quedaron cinco barriles de vino, una pequeña barrica de agua dulce, una caja con 30 botellas y un saco de bizcocho con cecina.

A pesar de aligerar la carga, cuando todos los hombres fueron embarcados, la balsa volvió a hundirse casi un metro bajo el agua.

El nivel del mar llegaba hasta la cintura de aquellos infortunados que, totalmente hacinados, suplicaban al almirante que no les abandonara allí. Sin embargo, el tren de remolque se puso enseguida en marcha. La cantinera, al ver a su marido en estas pésimas condiciones, se arrojó al mar desde su bote para reunirse con él a bordo de la balsa. Era el 5 de julio de 1816. Una fecha para el Horror.

Adad Hannah, “The Raft of the Medusa”

Pronto se vio que el plan estaba condenado al fracaso. La gigantesca masa de La Machine se impuso sobre el resto de las embarcaciones y comenzó a arrastrarlas mar adentro. Los ocupantes de los botes cortaron las amarras de enganche y dejaron a la balsa a la deriva, sin remos ni instrumental de navegación y con una única vela como medio de impulsión, mientras los gritos de 147 condenados resonaban en medio del océano…

Durante la primera noche, 18 hombres murieron ahogados horriblemente, con sus piernas atrapadas en los cepos que constituían los huecos entre las tablas, ocultos bajo el agua. Otros ocho se suicidaron, cortándose las venas o arrojándose al mar para poner fin a su sufrimiento. Al día siguiente, algunos marineros se amotinaron y se entregaron a una frenética orgía de vino. Por la noche, en medio de un horrible temporal, se abalanzaron sobre los oficiales armados con cuchillos que habían ocultado entre sus ropas para hacerse con las escasas provisiones. La lucha terminó sin un vencedor claro, y cada uno de los bandos se retiró a un extremo opuesto de la balsa. 65 hombres murieron o desaparecieron esa fatídica noche, y casi la totalidad presentaban heridas de arma blanca. Solo 52 tripulantes de la balsa seguían vivos dos días después.

El 7 de julio, con las provisiones agotadas, los marineros comenzaron a cortar tajos de carne de los cadáveres para comérselos. Su propósito era recuperar las fuerzas para hacerse con La Machine. Sabían que, aun en el improbable caso de que se salvaran, su destino era la horca, pues era el castigo por amotinarse.

Troceaban la carne en grandes tiras y las dejaban secar al sol en cualquier parte de la balsa. La insoportable sed hizo que se bebieran su propia orina. Pronto, los soldados también debieron recurrir a comer la carne de los muertos para no quedar en inferioridad física frente a sus oponentes.

Después de la tercera noche, La Machine parecía salida del mismísimo infierno. Los 27 supervivientes, horriblemente mutilados o enloquecidos por el hambre, la sed y el sol compartían la plataforma con montones de cadáveres que se pudrían al sol. Los más débiles (entre ellos la cantinera), fueron asesinados sin piedad, reservándose cuatro como provisiones.

Mientras tanto, la noche del 9 de julio, los botes habían encontrado a la corbeta L’Echo fondeada en la rada de Senegal.

Cuando supo lo ocurrido, su capitán decidió enviar al Argus en misión de rescate. Milagrosamente, el Argus encontró los restos de la balsa cuando ya había abandonado su búsqueda y tenía como único propósito encontrar La Medusa. Era el 17 de julio, 13 días después de que la fragata fuese abandonada.

Aun a una legua de distancia, la brisa marina llevó hasta los marineros del bergantín un insoportable hedor. Cuando se acercaron más pudieron contemplar un cuadro espantoso, que parecía surgido de la más horrenda de las pesadillas. La totalidad de la balsa, teñida por una capa de sangre seca, apestaba a carne putrefacta y pedazos de carne de los cadáveres ensartados en astillas servían de comida para los pájaros carroñeros. Más que seres humanos, los 15 supervivientes parecían cadáveres desollados.

La balsa de La Medusa, (1818-1819), de Théodore Géricault, representa el clímax del drama, cuando los extenuados naúfragos descubren al Argus e intentan ser avistados.

Cuando el último fue subido a bordo, el capitán del Argus ordenó quemar el escenario de aquel horror. A pesar de los cuidados que se les prodigaron en Saint-Louis, cinco sucumbieron en poco tiempo, de manera que de los 147 que se embarcaron en el fatal viaje, solo diez sobrevivieron para revelar al mundo en sus horrorosos relatos la cantidad de sufrimientos y penurias que puede acumular un ser humano en tan solo 13 días.

El 26 de agosto el Argus encontró los restos de La Medusa. De los 17 hombres que decidieron permanecer a bordo solo encontraron a tres con vida.

Naufragio de la Medusa 1816 Catorce de los náufragos que se quedaron perecieron – Dibujo de Pauquet

Uno de los supervivientes de la balsa, el cirujano Henri Savigny, dio cuenta a las autoridades. Su detallado informe fue filtrado a la prensa y el escándalo estalló en Francia. A pesar de que las autoridades intentaron ocultarlo,  Chaumareys fue finalmente juzgado en Port de Rochefort. El 3 de marzo de 1817 fue considerado culpable de encallar el barco y de abandonarlo dejando tripulantes a bordo. Sin embargo, fue absuelto del cargo de abandonar La Machine, ya que se consideró que había intentado de forma reiterada reanudar el arrastre pese a que algunos botes ya habían cortado las amarras y se alejaban de la zona. Fue inhabilitado para prestar cualquier servicio en buques franceses y condenado a permanecer tres años en prisión.

Portada del relato del naufragio de La Medusa, por Corréard y Savigny. 1817.

Chaumareys siendo juzgado en la Corte

 

Libro escrito por dos de los supervivientes:

 

 

El Peggy – 1765

El Peggy partió de las Azores el 24 de octubre de 1765 con destino a Nueva York llevando en su bodega un cargamento de vino y coñac. Su tripulación estaba formada por el capitán, ocho hombres y un esclavo negro.

El 29 de octubre se desató un violento temporal que azotó al barco durante semanas y lo dejó a la deriva. Los alimentos y el agua fueron racionados. Después, la tripulación se bebió todo el vino y el coñac, se comieron los animales que llevaban a bordo (dos palomas y el gato del capitán), percebes arrancados del casco del barco, tabaco, el aceite de las lámparas, velas y todo el cuero que pudieron encontrar (incluido el de sus zapatos). Y al final, ya no hubo nada más que comer…

El 13 de enero los marineros se presentaron en el camarote del capitán y le comunicaron que habían decidido que uno de ellos debía ser sacrificado para alimentar al resto. El capitán se mostró de acuerdo. Casi inmediatamente, los hombres volvieron y le informaron de que el desdichado era el esclavo. Fue ejecutado de un tiro en la cabeza.

El hecho de que el capitán no asistiera al sorteo hace pensar que,  probablemente, nunca tuvo lugar, y que el negro estaba condenado de  antemano. Revisando los casos en que los supervivientes de un naufragio dijeron haber tenido que recurrir al macabro sorteo, no deja de resultar curioso que la mala suerte pareciera cebarse tanto en negros u otras minorías étnicas como en grumetes, lo que hace dudar de la legalidad del sorteo e incluso pensar que este nunca tuvo lugar. Evidentemente, en estos casos, solo existía una versión del suceso.

Uno de los marineros se comió su hígado crudo, algunas partes fueron cocinadas y el resto puesto en conserva. La cabeza y los dedos fueron arrojados por la borda. Desechar la cabeza, las manos y los pies formaba parte de la Costumbre del Mar. Probablemente, su intención era no consumir las partes más humanas de la víctima.

Tripulantes del Peggy cortando pedazos del esclavo para devorarlas.

El marinero que se comió el hígado enloqueció y murió. Sus compañeros, pensando que podían contagiarse si se alimentaban con su carne, lo arrojaron por la borda. Estuvieron alimentándose con la carne del esclavo hasta el 26 de enero. El día 29 se decidió un nuevo sorteo. En esta ocasión, le tocó a David Flatt, el marinero más apreciado por toda la tripulación, lo que causó un gran shock.

Flatt pidió tiempo para prepararse para morir, y todos estuvieron de acuerdo en retrasar la ejecución hasta la mañana siguiente.

Durante la noche, presa de espantosos pensamientos, Flatt primero se quedó sordo, y después se volvió loco. Por la mañana, mientras los marineros preparaban un fuego donde asar su carne, vieron un barco que se dirigía hacia ellos. Fueron rescatados y llevados a Dartmouth el 2 de marzo. Dos de los tripulantes del Peggy murieron durante la travesía, así que solo sobrevivieron el capitán y tres marineros, entre ellos el desdichado Flatt, que nunca más recuperó el juicio.

 

El Essex – 1820

Los 20 marineros del ballenero Essex, capitaneado por George Polland, también tuvieron que recurrir a la Costumbre del Mar después de permanecer varios meses a la deriva en los botes de salvamento en una espantosa singladura a lo largo de 4500 millas.

Retrato del capitán George Polland

El 20 de noviembre de 1820, el Essex fue atacado por un cachalote de más de 27 metros de largo y unas 60 toneladas de peso y se fue a pique, a mitad de camino entre las islas Hawai y las Galápagos, mientras los botes estaban cazando lejos de él. Se dice que el cetáceo atacó al barco intencionadamente, y que este hecho inspiró a Herman Melville su Moby Dick o la ballena blanca (1851).

Antes de que se hundiera, los marineros pudieron rescatar del barco pan, agua fresca, clavos para los botes, un mosquete, una pistola, pólvora y algunas velas. Sin embargo, no pudieron recuperar las cartas ni los instrumentos de navegación.

El Essex siendo atacado por el cachalote.

El 22 de noviembre partieron en tres botes, cometiendo el trágico error de intentar alcanzar el continente en lugar de dejarse llevar por los vientos alisios hasta las Islas Marquesas, ya que temían ser devorados por los caníbales que, según se creía, habitaban la región.

Poco imaginaban que ese, igualmente, sería el fatídico destino de algunos de ellos…

Durante las primeras semanas comieron el pan, se mojaron los labios con agua de mar, se bebieron su propia orina y, ocasionalmente, comieron algunos peces voladores que cayeron en los botes. El 20 de diciembre llegaron a la isla Henderson, que estaba deshabitada. Después de acabar con sus escasos recursos alimenticios, el 27 de diciembre los ocupantes de los botes decidieron hacerse de nuevo a la mar, dejando atrás a tres hombres que prefirieron quedarse en la isla y fueron finalmente rescatados.

Los tres hombres que se quedaron en la isla, descrubrieron esqueletos en una cueva. (Thomas Chappel, William Wright y Seth Weaks)

«Casualmente», entre el 23 y el 28 de enero, cuatro tripulantes de color murieron y sus cuerpos fueron devorados. Después se echó a suertes quién debía ser sacrificado, y resultó ser Owen Coffin, el joven grumete y primo hermano del capitán, que no tenía responsabilidades familiares.

Retrato de Owen Coffin

El 23 de febrero fueron rescatados por el ballenero Indian, de Londres. Nadie
dudó de la versión de los supervivientes ni se les reprochó nada: el sorteo había sido
limpio y el resto de las muertes se había debido a causas naturales.

El Mignonette – 1884

Al contrario que con el Essex, no ocurrió lo mismo en el caso del Mignonette.

El Mignonette

El yate inglés zarpó de Falmouth con destino a Sidney (Australia), el 19 de mayo de 1884 con cuatro tripulantes a bordo: el capitán Tom Dudley, Edwin Stephens, Edmund Brooks y el grumete Richard Parker. El 5 de julio el Mignonette se hundió debido al mal tiempo cerca del cabo de Buena Esperanza. Los marineros solo pudieron rescatar unas cuantas latas de nabos y la costa de Sudamérica se encontrabaa más de 2000 millas.

Bote salvavidas del Mignonette

Entre los marineros es un hecho conocido que, aun en la más desesperada de las situaciones, no se debe beber agua de mar. La concentración de sal en nuestras células es de 3 gramos por litro, mientras que en el agua del mar es de 30. Beber ese agua puede causar deshidratación, graves problemas renales y la muerte. Sin embargo, el día 20 de julio, el joven grumete empezó a hacerlo.

Se deshidrató y entró en un estado de coma. Sus compañeros valoraron el hecho de que todos tenían familias menos Parker, así que el 24 de julio Dudley propuso que si al día siguiente no divisaban ninguna vela en el horizonte y el joven seguía vivo, lo matarían para poder beber su sangre y alimentarse con su carne.

Grabado del joven Parker, que bebió agua salada

Brooks no estaba de acuerdo. Los demás, sí. El 25 de julio el horizonte estaba tan desierto como el día anterior. Dudley rezó una oración, se fue hacia Parker con un cuchillo y le cortó la garganta.

Todos comieron de la carne de Parker hasta que cuatro días más tarde fueron rescatados por el barco alemán Moctezuma, que les llevó a Falmouth. A su llegada, el capitán aportó los detalles sobre la muerte del grumete, alegando que había sido necesaria para salvar la vida del resto; que la alternativa era que murieran todos y que Parker iba a morir de todos modos.

A pesar de tener la opinión general a su favor, todos fueron juzgados en la ciudad de Exeter por asesinato. El juez encargado del caso, John Walter Huddleston, pensó que la notoriedad alcanzada por el suceso le sería muy útil para sus aspiraciones políticas. En su libro Cannibalism and the common law (1984), Simpson le describe como un hombre autoritario, capaz de persuadir a los jurados para que tomaran la decisión que él consideraba correcta. En este caso era que nadie debería matar a nadie aunque este acto fuera algo absolutamente imprescindible para salvar su propia vida. Evidentemente, el oportunista juez jamás se había visto en tan dramática situación.

Fotografía del Barón Huddleston

Aunque los propios familiares de Parker defendieron a los acusados, Dudley y Stephens fueron condenados después de que Brooks testificara en su contra. La sentencia decía que no existía suficiente necesidad para el asesinato, y consideraba la acción como inconsistente con la moral de las sociedades  civilizadas. El castigo era la muerte.

Tumba de Richard Parker

En el último momento, la reina Victoria les conmutó la pena por seis meses de prisión. Después de cumplir la condena, el capitán emigró a Australia, donde dirigió un negocio y murió el 19 de febrero de 1900, víctima de la peste bubónica.

El caso del Mignonette es el único en el que unos caníbales ocasionales con motivos más que justificados fueron condenados por las autoridades judiciales, pero las razones fueron políticas y la sentencia finalmente reconsiderada. A excepción de este caso, todo el mundo parece comprender fácilmente la necesidad de garantizar la supervivencia de un grupo a expensas de la eliminación de alguno de sus integrantes, cuya muerte se convierte en un acto de defensa propia, en un homicidio justificable. De cualquier modo, el caso del Mignonette sigue estudiándose y debatiéndose en las facultades de Derecho del Reino Unido y los Estados Unidos.

Esta entrada fue publicada en Canibalismo, Crónica Negra, Historia. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *