Sylvestre Matuschka: El descarrilador de trenes

Sylvestre Matuschka nació en Serbia, el 29 de Enero 1892. Desde niño sentía una extraña fascinación por los trenes, se obsesionó de tal manera que era lo único que tenía en mente. Ya de adulto, contrajo matrimonio y tuvo una hija. Su apariencia era la de un un buen marido, un buen padre y un hombre trabajador, pero la obsesión por los trenes seguía rondando su mente. El primer regalo que le hizo a su hija fue un tren eléctrico, con el cual pasaría más tiempo él que ella. Sus amigos, al tanto de esa rara tendencia, le apodaban «el hombre que juega con los trenes».

Sylvestre Matuschka con su familia

La cara visible de Sylvestre era muy diferente a la que mostraba de noche; cuando salía a escondidas de su casa para adentrarse en las tabernas, donde bebía hasta no poder mantenerse en pie y donde solía relacionarse con prostitutas. Quizá su modo de vida, le llevó a cruzar la línea de la ley, combinando su pasión por los trenes con sus ocultos y sádicos deseos.

El 1 de Enero de 1931, a la altura del municipio de Ambar, Sylvestre colocó una carga de dinamita para hacer descarrilar el tren que cubría la ruta entre Viena y París. Algo debió fallar en la instalación de los cartuchos y no detonaron. Eso provocó una enorme ira en Sylvestre y se marchó de allí dando patadas a todo lo que se iba encontrando por el camino. Cuando las autoridades encontraron la dinamita, la retiraron y emitieron una alerta para que la policía estuviera más pendiente de cualquier cosa sospechosa.

Sylvestre Matuschka era un hombre que tenía muchos intereses de negocios que incluía una constructora, una empresa de materiales para la construcción, otra de compraventa de cereales y un delicatessen. Viajaba mucho por Europa, pero rara vez decía a Irene, su esposa, a dónde iba o la naturaleza de sus viajes.

El 8 de Agosto del mismo año, Sylvestre realizó un segundo intento de atentado utilizando el mismo tipo de explosivos, entre la ruta Basilea-Berlín, concretamente en el municipio de Jüterbog. Esta vez sí que consiguió que se produjera la explosión, dando como resultado varios heridos, algunos quedaron en un estado bastante graves, con hemorragias internas y externas y con fracturas considerables.

Vagón descarrilado levantado por dos grúas cerca de Jüterbog, al sur de Berlín

La policía, relacionando estos sucesos con los explosivos que encontraron sin detonar meses atrás, llegaron a pensar que eran atentados realizados por algún tipo de motivo político (Europa vivía en esos tiempos una situación convulsa).

El atentado por el que se haría conocido Sylvestre Matuschka tuvo lugar en la madrugada del 12 al 13 de Septiembre del año 1931. El tren que iba a protagonizar la tragedia, era el más conocido de todos, el Budapest-Ostend, que cubría la ruta de desde Estambul hasta París. A unos 30Km de Budapest, Sylvestre había puesto en las vías unos cartuchos de dinamita, conectados a una batería. A las 23.30 horas, justo al pasar un viaducto, la dinamita estalló y el tren descarriló. La locomotora y 9 de los 11 vagones cayeron por un precipio de más de 30 metros.

Se descubrieron las causas de la explosión: 16 cartuchos de dinamita, empleados ajustadamente dentro de tubos de hierro, habían sido atados a los rieles.

Veinticinco personas murieron instantáneamente y otras ciento veinte quedaron seriamente heridas en el atentado contra el expreso Budapest-Ostend. Muchos perdieron extremidades y otros quedaron tan mutilados que no sobrevivieron mucho tiempo después del atentado. Entre las víctimas había algunos británicos, inclusive un grupo de estudiantes.

Escenario del crimen del expreso Budapest-Ostend, también llamado Orient Express

Así quedaron algunos vagones después de la explosión y de su posterior despeñamiento.

Poco después de producirse el accidente, el joven periodista Hans Habe del Morning Post llegó a la zona. Fue el primer reportero en cubrir la noticia, y se dedicó a recopilar testimonios. Uno de esos testimonios fue el de un hombre bajito, de constitución robusta que le abordó y le aseguró ser un hombre de negocios que viajaba a Viena en el tren, y que logró salir con vida de aquel accidente. El periodista llevó al desconocido a Viena en un coche y quedó con el el día siguiente para hablar del accidente. El desconocido describió todo con exactitud y su testimonio apareció junto con su foto en la reseña de prensa. Más tarde se conocería la identidad de ese hombre como la del asesino, Sylvestre Matuschka.

Escenario del crimen del expreso Budapest-Ostend

Ante toda la confusión, el gobierno Húngaro pensaba en un atentado por parte de los comunistas, incluso hubo testimonios de alguien que dijo haber visto una nota en un poste con el texto: «Hermanos proletarios, si el estado capitalista no nos da trabajo, lo buscaremos de cualquier otro modo. Contamos con explosivos y con mucha gasolina«. Por supuesto esto se trataba de una simple habladuría o de un invento para tener motivos para lanzar una queja política.

En medio de aquella confusión, el regente de Hungría, el almirante Miklós Horthy, ofreció una recompensa a cualquiera que pudiera dar una pista para detener a esos terroristas revolucionarios, mientras las autoridades detenían e interrogaban a posibles conspiradores y asesinos comunistas.

Mientras tanto, el periodista Hans Habe cabilaba sobre algo que no le cuadraba del todo, el testigo principal parecía no mostrar ningún tipo de conmoción después de un accidente de esa magnitud.

Unos días más tarde, Sylvestre contactó con la Oficina de atención al dafnificado, y hace una reclamación por daños alegando que era uno de los supervivientes del tren. En sus alegaciones, muy detalladas, reitera que ocupaba un asiento en el vagón número 1, dato que pondría en alerta a un funcionario del Ministerio de ferrocarril de Budapest, que sabía con certeza que todos los viajeros del vagón número 1 habían perecido.

Las sospechas llegaron a oídos inspector Schweinitzer, de la policía de Viena, y se iniciaron unas pesquisas que llevaron a deducir que Sylvestre nunca viajó en el tren, ya que ningún pasajero lo vio nunga en los vagones. Además, un taxista que lo había llevado días atrás a comprar explosivos a una fábrica de munición, lo reconoció en las imágenes de la prensa. Sylvestre fue detenido.

Ficha policial de Sylvestre Matuschka.

En ese momento, Sylvestre confiesa su autoría en los atentados y además, contó que tenía pensado volar varios trenes en ciertos puntos de Austria. Según Sylvestre, aquello lo hacía porque se le había aparecido el Espíritu Santo y que los mismísimos arcángeles le habían indicado que tenía que descarrilar trenes para literalmente, «castigar a los ateos que viajaban en trenes de lujo». Cuando  le mostraron las imágenes de los muertos, rompió a reír con un goce sádico y carroñero.

Matuschka acompañado de varios agentes

El asesino fue examinado por psicólogos y por psiquiatras, los cuales descubrieron que el asesino disfrutaba del sexo de una manera particular, se excitaba cuando veía pasar un tren, y más todavía si el tren descarrilaba. Sylvestre contó que se había sentado a contemplar cómo aquellos pasajeros del Orient Express eran desmembrados por el metal y que había sentido una pulsión sexual como nunca.

Su primer juicio se celebró en Viena, en 1932, donde fue detenido y no en Hungría, donde ocurrieron los hechos, por lo que el tribunal carecía de jurisdicción sobre el descarrilamiento del Orient Express, y solamente le acusaron del atentado fallido. En el juicio, Sylvestre declaró lo siguiente:

«Pido a Dios que me diga qué debo hacer. Una noche, un espíritu vestido de blanco, se apareció ante mí y me dijo que tenía que redimir al mundo, mediante una reorganización del sistema ferroviario. El único modo de obedecer sus órdenes, era acabar con todos sus trenes».

«Yo no quería matar a nadie, pero Leo me dijo que era mi deber. No soy un loco ni un criminal, sino el salvador del género humano».

Matuschka en su primer juicio en Viena

Durante el proceso judicial, salió a la luz un mapa de Europa que el acusado tenía colgado en su habitación y en el que había marcado en rojo 10 puntos por donde pasaban trenes. Alemania, Hungría, Holanda, Francia, Italia y Austria, eran los enclaves de futuros atentados.

Según los psiquiatras, Sylvestre no estaba bien de la cabeza, pero tampoco era un demente, era consciente de sus actos. Uno de ellos, enfadado viendo la actitud de loco que el acusado quería mostrar, gritó: «No es más ni menos que un criminal peligroso». Además, los especialistas ferroviarios se sorprendieron al descubrir los amplios conocimientos que tenía Sylvestre en mecánica de trenes.

Llegó un momento en el que cansado, acabó mostrando sus auténticas motivaciones y gritó: «Me gusta oír a la gente gritar, me gusta ver a la gente morir»

Sylvestre Matuschka durante su juicio en Budapest

Las autoridades húngaras pidieron su extradición a Hungría para otro proceso más profundo. El juicio se produjo en Budapest en 1934, donde Sylvestre fue declarado culpable definitivamente por el descarrilamiento del Orient Express y condenado a muerte por los asesinatos que trajo consigo el atentado.

Un error burocrático provocó que le fuera conmutada la pena de muerte por cadena perpetua a trabajos forzados.

Posteriormente consiguió escapar de la cárcel en 1944, aún sin acabar la Segunda Guerra Mundial, aprovechando la confusión general en Europa.

Hay quien dice que fue contratado por los rusos como experto en explosivos, otros apuntan a que trabajó para Corea del Norte activando y desactivando bombas.

No se ha sabido nada de él desde entonces.

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